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Mario Cervero, la celebración de lo expresivo y la marca del grafismo

La pintura es sólo una más de las muchas manifestaciones de lo artístico que han inquietado a Mario Cervero (Oviedo, 1963) en su ya dilatada trayectoria creativa. Como consecuencia, también ha sido sólo una más de sus dedicaciones. De hecho, cuando empezó a prestar mayor atención a la pintura ya tenía tras de sí una acreditada formación y actividad en disciplinas como el dibujo, el grabado en distintas técnicas, el diseño gráfico, la fotografía y el vídeo arte. Sin embargo, su atención entonces a la pintura le fue suficiente para lograr pronto, comenzados los noventa, un indudable reconocimiento en el panorama artístico asturiano. Fueron los tiempos de aquellos grupos «3 en 1», con Pelayo Varela y Alfonso Gómez Gordillo, y el grupo «Brutto», también de su selección en las muestras de artes plásticas, en época de brillante promoción de jóvenes valores asturianos, exposiciones en la sala Borrón y La Sala, actuaciones como «Valla 10» o, en fin, de su inclusión en la selección de arte regional que hizo Javier Barón para la Bienal Nacional de Arte «Ciudad de Oviedo» en 1992.

Nunca se puede decir si una diversidad como ésta, ahora ampliada según leo, y con éxito, al diseño de joyería, es más o menos conveniente que centrarse más en un concreto ámbito creativo; lo que es seguro es que resulta grato volver a encontrar a Mario Cervero en una exposición como la presente y que toda esa actividad no le ha sentado mal a su pintura. Mario Cervero mantiene fidelidad a las coordenadas de libertad, expresividad e ironía que siempre ha mantenido y que incluso intensifica. Las imágenes de esta pintura irrumpen avasalladoramente en el espacio del cuadro con una acumulación de formas sólo aparentemente caóticas, como si respondiesen al efecto liberador de un caudal expresivo acumulado. La pincelada, la mancha y el color se enseñorean del espacio en la celebración desinhibida de un neopop gestual, brillante y moderno. Estas imágenes que cubren los grandes formatos aparecen en otras obras de menor tamaño instaladas como en cajas y bajo una lámina de metacrilato en la que Cervero dibuja con pintura, un grafismo que le es característico, como lo fueron los de Penck o Haring, por ejemplo. Una iconografía que evoca lo primitivo, totémico, invariable en su sentido secuencial, proceso de encadenamiento como dibujo interminable o «rap monólogo» graffitero. Ese mismo grafismo cubre también las obras que funcionan como escultura o instalación, en los «Entubos» móviles, y aplicado sobre superficies de aluminio de espejo. Con este arquetipo gráfico y la intensidad expresionista de las formas libres, nos proporciona un buen ejemplo de estimulación visual y un interesante espectáculo plástico.

Publicado en: La Nueva España